
ALICIA DUJOVNE ORTIZ
ata
Morgana. Éste fue el nombre de la casa que mi padre siempre
quiso tener, casa de dibujo infantil con el alero a dos aguas, la
chimenea cuadriculada para imitar los ladrillitos, el zigzag del sendero
que llega hasta la puerta y el tirabuzón de humo que asciende
celeste hasta chocarse con la nube. Pero como sabía que del
inmobiliario afán, lo único real sería el humo,
ya nomás de antemano a su vivienda la llamaba espejismo. Era
hijo de inmigrantes y pechaba hacia la casa del sueño. Mi madre,
en cambio, más argentina, tiraba para atrás, hacia la
del recuerdo: el balcón enrejado, el umbral de mármol
fresco bajo las nalgas a la hora de la siesta, mientras los grandes
duermen, la aldaba de bronce en la puerta maciza que se abre hacia
el zaguán de mayólicas donde cinco novios suspiraron
-uno por cada hermana-, que se abre hacia el vestíbulo con
su mampara de cristal, que se abre hacia la sala con sus consolas
de patitas doradas, su piano y sus jarrones finamente cuarteados,
que se abre hacia la tira de piezas, una por cada señorita
soltera, que cada tanto se abre a un patio con jazmines traídos
del Paraguay por un bisabuelo marino y genovés; y más
piezas y patios que finalmente se abren a las rosas, la parra, la
magnolia, la memoria del fondo. Mi herencia consistió en esas
dos casas ausentes y se enriqueció luego con un departamentito
perdido. ¿Podía pesar tanto tener bienes raíces
en el recuerdo o el futuro? Los acontecimientos se encargarían
de demostrar que sí: hasta a un clavel del aire le molesta
el trasplante. Todo comienza una mañana de 1977 en que, al
llegar al diario, veo tanques del Ejército. Me aproximo a la
puerta, hombres armados me dejan entrar, y ocupo mi escritorio rodeado
de escritorios vacíos. Los demás periodistas se han
ido yendo, unos a otros países, otros al más allá.
Los que aún permanecen tienen aire fantasmal. Me informan que
el director del diario ha sido secuestrado y el diario, intervenido.
Pese a una voluntaria distracción, no ignoro lo que sucede.
Huecos similares se abren en la libreta donde apunto direcciones de
amigos. Tampoco ignoro la distracción de los hombres armados:
mi padre ya llevaba tres años de muerto cuando lo fueron a
buscar. Pero la vista de los tanques me produce un efecto nuevo. Se
me saltan los ojos. Los voy sintiendo crecer, inmensamente se me inflan.
Llegan a ocupar tanto espacio que no parecen míos. ¿Serán
los ojos de otra gente? Recuerdo la historia de un buzo que bajó
al Río de la Plata y en el barro del fondo se topó con
un pueblo de muertos, cada uno con su piedra en los pies. Los ahogados
tenían los ojos desorbitados y el buzo ya no pudo cerrar los
suyos. Tanto abultan los míos que los pocos periodistas aún
presentes me lo dicen: -Se te hinchan los ojos. Con los ojos en las
manos -llenan todo el hueco de mis palmas- me dirijo hacia uno de
los hombres armados de la entrada y balbuceo: -Tengo que irme a mi
casa porque mire lo que me pasó. -Debe ser alergia -diagnostica,
la bayoneta al hombro-. Vaya nomás, señora –y agrega-:
Quédese tranquila. Entre los ojos y el agua casi no hay diferencia.
Vuelvo a mi casa, me sumerjo en la bañadera y pienso claramente:
-Esto se acabó. A continuación me pregunto : -¿Y
ahora adónde vamos la Nena y yo? La Gitana me contesta sin
asomarse siquiera, tan evidente le parece: -A París. Al salir
de la bañadera mis ojos han recuperado su tamaño normal.
A partir de ese momento sólo quedaba resolver algún
problema práctico, la plata para dos pasajes de ida y otros
detalles más, pero el problema básico era el equipaje.
El inmigrante guarda en la valija lo esencial, y, al definir lo esencial,
da con el tono del futuro relato. Igual que un novelista al escribir
las primeras líneas. Pero las dos flamantes valijas marroncitas
de imitación cuero, hechas como a propósito para abandonar
una tierra de vacas sin llevarse al otro lado del charco ni el olor,
nos miraban perplejas. La primera frase no les salía. ¿Guardarían
los cuadernos del colegio de la Nena y los míos, es decir,
el recuerdo, o cosas importantes para hoy? Mi madre fue la única
que no dudó un instante. Ella, que se había resignado
a quedarse de este lado del charco porque un periplo con tres valijas
-una por cada generación- resultaba demasiado costoso, decidió
que a Europa sin gorros de lana no se viajaba. Con un escalofrío
que más tarde comprendimos, insistía en añadir
a nuestro ajuar de inmigrantes bonetes, medias y bufandas que, tras
ardorosa discusión, volvían al ropero, hoy desaparecido
y objeto de caviloso discurrir. ¿Dónde estará
el ropero, el de mi infancia, quién se lo habrá llevado
a pesar de sus vetas como caras que tanto asustaban en las noches
de fiebre? El error fue decirse: no importa, estas medias tejidas
quedan en casa, en este mismo cajón donde al regreso las hallaré
aguardándome. El error fue creer que el exilio permite un despacioso
desovar de polillas, un tranquilo roer. El error fue pensar que el
exiliado vuelve. Que su casa lo espera. Y que su madre sigue tejiendo.
No digo medias, gorros o bufanda. No digo ni el ropero de vetas como
caras. Aunque no fuese ni Fata Morgana ni caserón de la nostalgia,
la pieza misma que contuvo lanas y ropero ya no está donde
estuvo. Era una pieza oscura que daba a un patiecito donde ni la memoria
parecía caber. Sin embargo cabía. En el marco de la
ventana había una provisión de hormigas amatambradas
por una araña activa, a la que, adolescente, pude ver trabajando
sin animarme a detenerla; con tal velocidad giraba la traidora, enrollando
a la hormiga, que ni ésta ni yo teníamos tiempo de parpadear
cuando ya estábamos, ella convertida en salamín, y yo,
con los ojos saltados. Ya por entonces. La escena sucedía en
Ramón L. Falcón 2172, Dto. B, planta baja, en el barrio
Flores. Un departamentito sombrío, de tres habitaciones, para
mi padre, mi madre y yo, al que nos fuimos a vivir en 1945, cuando
mi padre salió de la cárcel. Pero no todas fueron trampas
de arañas en ese tiempo de poemas escritos de noche. Hubo también
escapatorias. Yo tenía quince años. Al clarear la aurora,
me iba al patio del lavadero, del otro lado de la casa, a dejarme
embobar por el alba. El alba era tremenda conmigo esas mañanas.
Se me entraba por la frente con una pizca de luz blanca, se me entraba
por la nariz con una garra de hielo, seguía hasta los pulmones
y comenzaba a entrar y a salir como un serrucho. Cuando el vaivén
del éxtasis por fin se aquietaba, yo me quedaba limpia, ida,
bendita y dormida sobre las húmedas baldosas, hasta que venía
mi padre con un café. ¿Los nuevos propietarios del departamentito
habrán cambiado el cuerito de la canilla del lavadero? Y de
no ser así, ¿les pondrán sal a las babosas que,
atraídas por la gota, se vienen a beber desde el jardín
de al lado?, ¿o tendrán también ellos el coraje,
la piedad y la impudicia de observarlas vivir durante tantas horas?
Sobre el patiecito del lavadero cabe un recuerdo más: cuando
hacia 1976 a mi padre muerto vinieron a buscarlo por error los hombres
armados, mi madre armó una pequeña fogata con los libros
marxistas de la Editorial Problemas, los libros que él había
editado. El otro patio, al que daba la ventana con los matambres de
hormiga, era de geranios monstruosos. Tan desesperados estaban por
alcanzar el sol, desde que construyeron esa torre que transformó
en abismo el patiecito, que crecían a alturas impropias de
geranios. Se les volvían leñosos los troncos y suplicante
la actitud. Pero no fue mi caso. Hacia los siete, ocho años
de edad, ahí metida en el hueco del patiecito mínimo,
disfrazada de odalisca con dos cortinas, una verde brillante y con
escamas que asimismo era útil para hacer de sirena, y un velo
blanco la otra para dejar al aire el ojo zahorí, tapando de
paso esta nariz abatatada que aún conservo, yo me inventé
recursos para ganar la luz que los geranios, francamente, jamás
se imaginaron. En ese departamentito del barrio Flores tuve doce años
durante varios lustros, también la Nena se empeñó
en torcerse el cogote mirando hacia arriba, para ver si en el centímetro
de cielo que quedaba visible aparecía la Cruz del Sur; mi padre
agonizó dos meses seguidos con un resuello idéntico
a los míos del alba, y mi madre se murió con ejemplar
discreción mientras yo estaba ausente por haberme ido a París
sin suficientes bonetes. Permanecen objetos que no se encuentran propiamente
allí, en la casa, sino en la duda. La lámpara amarilla,
esa que era gris plomo pero que yo pintarrajié como un sol,
¿qué se habrá hecho de esa lámpara? ¿Y
el cuadro de la Virgen del Carmen con la corona de estrellas, que
vino en el barco del bisabuelo genovés? ¿Y las almohadas
de plumas que viajaron de Moldavia a Entre Ríos, a las colonias
judías del Barón de Hirsch? Al fondo del patiecito oscuro
se abre un hoyo similar al del patio añorado o al del patio
anhelado. Uno cree vivir desperdigado por montones de casas, pero
no. Al ser soñadas, las casas tienen la gentileza de transformarse
en una sola, el patiecito de los geranios monstruosos desemboca en
la casona materna que nunca conocí, y en la Fata Morgana que
mi padre se imaginaba los domingos, de paseo, caminando por el barrio
con su andar bamboleante mientras mi madre trotaba en forma vertical.
El terceto se componía de un barco despacioso, un caballito
vivaracho y una nena que ensayaba los ritmos de los dos. Por lo demás,
cada uno pensaba en lo suyo. Mi padre monologaba sobre el estalinismo
que lo dejó sin fe, mi madre meditaba sobre un poema de Musset
saboreado la víspera, esforzándose por no demostrar
que el XX Congreso de Kruschef le interesaba menos, y yo me extrañaba
de que nadie escuchase los gritos de los plátanos podados hasta
el codo. De pronto, el ex comunista se detenía bruscamente
ante una casa con jardín, sendero, chimenea y hasta el tirabuzón
de humo que se chocaba con la nube, y preguntaba con una pizca de
ansiedad, como si al día siguiente fuésemos a firmar
el boleto de compraventa: -¿Esta les gusta, chicas? Lo anterior
no por cierto deja de ser mentira. Confieso que el recurso que me
inventé en la maceta para llegar más allá del
mero geranio fue relatarme cuentos de antepasados viajeros. Aunque
también confieso que viajé. La cortina verde y el velo
transparente se convirtieron en un disfraz de Sheherezade, la que
narra para detener no el serrucho sino la cimitarra del alba. Amén
de ese disfraz, tuve también un traje de gitana con volados
floridos. Y una gitana lo último que está buscando en
el mundo es una casa. ¿Cuándo apareció la Gitana?
Calculo que habrá sido por la época de las arañas
y la hermosa respiración del patiecito con sus babosas de plateada
huella. La cortina del alma se levantó de pronto para dejar
pasar a un personaje más real que yo misma: el resto de la
vida me la pasaría preguntándome quién era copia
de quién. No soy la única de la familia con personaje
a cuestas. Mi madre, por ejemplo, tuvo a la Dama Blanca, una hermosa
mujer que se aparecía por las noches a los pies de su cama.
De niña la Dama Blanca no le inspiró terror. Después,
sí. Yo recuerdo sus gritos, allá por el tiempo en que
mi padre estaba preso en la cárcel de Neuquén. Pero
ella no gritaba por eso, sino porque la Dama Blanca la seguía
mirando. Mi abuela Carmen Catalina, la del lado cristiano se tuvo
a ella. Se aparecía ante sí misma por las noches, a
los pies de su cama. Estaba acostada y se veía venir hacia
ella misma, también de blanco, igual que la Dama, pero más
escalofriante por ser ella. No recuerdo sus gritos. Mi madre sí
los recordaba, cuando murió el abuelo Ricardo. Pero Carmen
Catalina no gritaba por eso, sino porque ella se seguía mirando.
Mi abuela Sara, la del lado judío, hablaba poco, y de fantasmas,
nunca. Sin embargo sospecho que ella también se las traía.
Una vez, en Moldavia o Besarabia, iba en una carreta, embarazada de
Saúl, cuando pasó junto a una parva de heno y le agagó
la locuga, léase: le agarró la locura. Entonces se tiró
a la parva de cabeza. No dijo quién la llamó desde la
parva, pero yo, con más tendencia a revolcarme entre la paja
que a ver damas de blanco, pienso que fue la Gitana. En lo que a mí
respecta, tuve a la Gitana. La tengo todavía. Mi personaje
es una gitana gorda de papada blandita, vivo retrato de la demente
anciana que seré. Tiene pues mi nariz abatatada, mi ojo zahorí
pardoverdoso, y además, los rasgos extranjeros que van creciendo
despacio en una cara, hasta que un día desplazan a los primitivos
ojos, boca y nariz: un triángulo de sombra cavado entre el
cachete y el pómulo, bolsas de encaje fino en las ojeras, párpados
de tortuga, labios aureolados por los rayos de gloria que en un dibujo
ingenuo significan brillante, y en este caso no, y comisuras y mejillas
llovidas que dejan en el medio, desolada y perdida, la perita infantil.
Además de los viajes, esta Gitana tiene una manía: hallar
el hilo del sentido. A veces lo retuerce. Siempre moraliza. Se lo
perdono porque tiene la elegancia de expresarse de lado, adelantando
un hombro, el izquierdo, oblicua, coqueta y sibilina. Se lo disculpo,
sobre todo, porque intenta salvarme. La que me dobla es loca, sí,
pero una loca empecinada en rellenar los agujeros del discurso rotoso
de nuestro Soñador. Mi secreto fue descubrirla espiándome
por una grieta del alma, espiarla a mi vez, y tratar de imitarla.
De adolescente tuve un corto período en que me dio por traicionarla
disfrazándome de soldadito ruso. Lo único que me faltaba
era la estrella de cinco puntas. Breve renuncia. En adelante no volví
a abandonarla. Ella se inclinaba por las telas floreadas, los aros
de argolla, el pelo largo y negro y las historias de antepasados viajeros.
Por la calle me decían: -Te falta la bola de cristal. Su máxima
virtud fue ser antigua. Aquí cabe un paréntesis. Las
mujeres de mi familia nunca han sido ni antiguas, ni tetonas, ni floreadas,
ni grandes cocineras. Contaban con excelentes fantasmas pero no eran
muy dadas a las leyendas del sabor. Habían olvidado las recetas.
Mi abuela Sara, la del lado judío, nunca me enseñó
a hacer el gefilte fish. Quizá por influencia de su Dama, es
decir, de ella misma, mi abuela Carmen Catalina, la del lado cristiano,
jamás supo otra cosa que la salsa blanca. Y mi madre, escritora,
profesora de castellano, me legó ciertamente su lengua, pero
no la del gusto sino la del idioma porque, en lo que a la cocina se
refiere, a duras penas si logró transmitirme su budín
de coliflor. Yo buscaba mujeres de más añejo paladar
y encontré a la Gitana. Sus cuentos fueron producto de dos
lenguas, la gustadora y la parlante. Conocía los viajes de
mis tatarabuelos y me los fue cocinando desde siempre, en el patio
de Flores y en los castillos del exilio, mostrándome los mapas,
rodeando con pinturita colorada los nombres mágicos, Cáucaso,
mar Caspio, Crimea, Besarabia o Moldavia, Kamenev-Podolski, Génova,
Toledo, Jerez de la Fontera, Islas Canarias, Entre Ríos. Aprendí
junto a ella, o dentro de ella, o ella dentro de mí, pues poco
importa la ubicación exacta, aunque yo tienda a imaginarla
no en el punto del pecho donde suceden los resuellos del alba, allí
donde termina la punta del esternón, porque ése es el
lugar del Que Nos Sueña, sino del lado izquierdo, el del hombro
que la Gitana sabe mover coquetamente, suposición basada en
que el ojo izquierdo tiene una expresión desasida y suavísima
que al derecho le falta. Aprendí, pues, con ella, a quedarme
callada, sola, con los ojos saltados, oyendo el repiquetear del tiempo
en los cristales: -No es la lluvia, m'hijita, son ellos, son sus leves
pisadas. Y la atracción repentina de una gota por otra, cuando
pegan un envión para juntarse en una sola, ¿ves, m'hijita?
Esos son los encuentros de los antepasados. Mirá, acá
tenés al viejo genovés, Micer Nicolo Oderigo, el amigo
de Colón, que se encontró enlazaría con Samuel
Dujovne y en la Toma de Granada con Don Pedro de Vera. Los genoveses
en tus venas siempre han navegado para unir lo imposible. Ella me
regaló el árbol de cuentos. Ella me empujó también
de mudanza en mudanza. Mi afán inmobiliario le es ajeno. No
halla el hilo del sentido bajo techo. Sabe que mi alero a dos aguas
es un libro. Pero se ríe de la casa para siempre. -Terca- me
dice, viéndome rastrear por el mundo cuatro paredes de verdad-.
Terca. Tenés la tozudez en la sangre. Por tu memoria zigzaguean
caminitos de mulas. Caminitos de mulas. ¿Caminitos de mulas?
Otra cosa que la viajera me enseñó es a recordar la
primera frase de una historia, equipaje esencial: la segunda o la
décima pueden ser invento nuestro, pero la primera estaba escrita.