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![]() LILIA LARDONE La libertad andrajosa Rodolfo Alonso ... Lindo día, aunque capaz que más tarde esas nubes locas arman la tormenta. Sí, seguro que a la tarde llueve pero ahora este calor me mata, lo mismo voy a llegar y el banquito pesa tanto, ¿cómo era que decía papá?, la distancia no se mide por los pasos sino por el resuello, así era, ...y el calor que no ayuda... por fin el níspero, la sombra, para algo sirvió al fin el níspero de Pascual, y menos mal que tengo los lentes nuevos, tantos años con esos vidrios de botella, con el peso en la nariz, ¿cómo será que estos se oscurecen así nomás, sólo al salir a la luz? Y pensar que Pascual dijo, ¿vos te creés que el Banco a mí me regala plata para comprarte lentes nuevos? Una fortuna, esos lentes, no, señora, la plata no alcanza y se acabó. Si el Coco no hubiera... Qué chico, el Coco. Generoso como ninguno, bueno como el pan. Por pijotero, por eso nos quedamos solos con Pascual, siempre llorando miseria y hasta el verdulero sabía lo de la plata en el banco. Doña Aída, ¿por qué no lleva esas frutillas usted que puede?, me ofrecía con una sonrisita y yo sabía que esa sonrisita decía anímese, hoy que no vino su marido dése el gusto. Y yo una idiota, no gracias, le contestaba, no comemos frutillas. Amarrete hasta con los hijos, cómo se entiende. No darles ni un peso para un chocolatín, y ni hablar de la bicicleta. Acá en el pueblo no necesitan bicicleta, que caminen, altro che, dijo. Y no se volvió a hablar del asunto. Y si quieren fruta ahí tienen el níspero, o el pomelo, y movía Pascual el brazo extendido señalando al patio, se caen de fruta. Entonces el Coco me miraba, levantaba los hombros con ese gesto que tuvo desde chico, como diciendo qué vamos a hacer, él es así, ese gesto que hizo el día que me avisó del viaje. Me voy, Vieja, acá nunca voy a salir adelante. Cuando gane plata te compro una casa con los revoques bien hechos, dijo. Y una cadena de oro con la medalla de la Virgen, esa que todas las tardes mirás en la vidriera de la relojería. Un misterio, cómo el Coco sabía lo de la medalla. ¿Me seguiría cuando todas las tardes yo me ponía el mejor vestido para ir a lo de Ruth? Primero llegaba a la avenida y en la esquina me paraba en la vidriera. Había relojes, rosarios, cadenitas, anillos, pero esa medalla....Sobre el terciopelo negro del estuche, brillaba tan fuerte que casi ni se veía el perfil de la Virgen. Las veces que habré pensado en pedirle a Pascual la medalla, pero para qué, si ya sabía lo que me iba a contestar. Lo mismo con alguien tenía que hablar, y Ruth me escuchaba, me decía: Pero Aída, no te hagás mala sangre que no podés cambiar nada. Qué hombre porfiado. Aunque ni siquiera a Ruth le contaba algunas cosas, me daba vergüenza decir que no se bañaba nunca, porque para bañarse había que traer el agua del aljibe, llenar el fuentón del baño y él, decía, no estaba para derrochar el agua en pavadas. Claro que para él la sequía duraba siempre. Y cuando el Coco se fue al sur, y nos quedamos con el Tito que era tan comprador y simpático, yo pensé que Pascual aflojaría. Estaba segura de que el Tito al final iba a tener la bicicleta. Qué estúpida, creerme eso. Cómo hacía el Tito para conseguir plata y volver con un olor a vino que volteaba, no entiendo, algún amigo rico, no sé. Y tantos cintazos se ligó hasta que él también se fue, sin decir nada. Esa mañana, ¿sería en julio? No me acuerdo bien pero hacía frío, porque me fijé que en el ropero estaba hasta la campera de cuero que le había mandado el Coco y pensé que se iba a resfriar. Qué sorpresa, la cama vacía, el cubrecama sin un pliegue. Así, de golpe, se esfumó el Tito. Y yo no lo vi hasta muchos años después, ya con la mujer. Pobres plantas con este sol, ni regar las calabazas pude hoy con este brazo desgraciado, pura mala suerte lo del brazo, una lástima ver las hojas arrugadas, de papel parecen pero yo sé que debajo de las hojas las calabazas crecen cada vez más, la bronca de doña Irma porque siempre le gano con semejantes calabazas. Claro que con este brazo inútil, cómo las voy a levantar...Y el sol pega como si fuera mediodía, por qué no me habré puesto un pañuelo en la cabeza, imposible con un solo brazo, y el peso de este banquito, pero si lo dejo no llego al agua, pensar que cuando el Coco me lo trajo de regalo fue porque me vio subida a una silla acomodando los estantes altos y me dijo mirá si te caés, vieja, y al día siguiente apareció con esa escalera rara que él llamaba banquito y tenía razón, también sirve para sentarse...a lo mejor es más fácil si lo sostengo con los dedos que salen del yeso, a ver, sí, un poco mejor, uno, dos, tres, hasta cuatro pasos, bien fuertes estos dedos, será de amasar. Vieja, hacete unas empanadas para la feria de platos del colegio, decía el Tito. ¿Cómo para el colegio?, preguntaba Pascual. Porca miseria, ¿se las van a regalar al colegio? Viejo, le contestaba el Tito, estamos juntando unos pesos para el viaje de estudios. Y él: Qué viaje de estudios ni nada, esas son pavadas que inventan ahora para gastar la plata, de acá no sale ni una empanada gratis, ¿me entendés bien? Porfiado y pijotero Pascual, sobre todo porfiado, y el banquito pesa como si fuera de fierro, uno, dos, tres, otro paso y este dolor en la pierna, ya falta menos, mejor me siento otro rato aunque el sol... y el aljibe lejos, ¿siempre tuvo ese hierro enrulado arriba? Como si nunca lo hubiera visto, al aljibe, me parece que es otro, ¿cómo fue el día que entré a la casa por primera vez?, ¿Pascual me acompañó hasta el aljibe? Estaría con la tapa levantada, seguro, porque al asomarme me dejó ciega el reflejo del sol en el agua del pozo. Cerca se veía el agua, no como ahora que está a unos seis metros, y ni me fijé en el rulo de hierro. Me llamó la atención el ruido de la roldana mientras Pascual largaba el balde y lo sacaba lleno de agua limpia, fresca, y me decía: ¿ves que sí hay agua para tomar? Es borroso todo, pero no me olvido del gusto de ese primer trago que saqué con las manos juntas metidas en el balde, como si no pudiera esperar a que Pascual me alcanzara el jarro de aluminio que colgaba del gancho, y dejé que el agua me chorreara por el cuello y Pascual dijo que el agua se cuidaba. Ahora lo veo, ese gancho del jarrito salía del rulo de hierro, porque sino ¿de dónde? Sería así nomás, ni sé, seguro que Pascual no lo cambió, hace tanto tiempo, y este sol me nubla la vista, y sin embargo el aljibe siempre estuvo en el medio del patio, y yo protestaba. Tenía que caminar un montón de veces por día, iba y volvía, iba y volvía, como para no cansarme de llevar esos baldes pesados a pleno sol. Porque sombra no había a causa del maldito aljibe. Si le llegan a caer hojas el agua se pudre, dijo doña Irma. Y no se olvide de cerrar siempre la tapa, al pozo hay que cuidarlo porque el agua es sagrada, dijo también. Y yo qué sabía, si en mi pueblo nadie tenía aljibes y daba gusto tomar el agua que salía de las canillas. Sin embargo, ese rulo de hierro arriba, tan bonito, como si fuera otro, de las pocas cosas bonitas que quedan porque lo primero que salta a la vista son los revoques descascarados y con esa espumita blanca del salitre en los bordes, hasta el alma del ladrillo se vería en el comedor sino fuera porque corrí los muebles para tapar las manchas, y saqué las fotografías del casamiento porque se iban a arruinar, sobre todo esa donde estoy de perfil, la nariz derechita....y ahora me la arruiné, qué desgracia, por qué a mí, la infeliz de Adriana se estará riendo, ya me la veo preguntándole al Tito si estoy muy hinchada, cómo no voy a estar hinchada si el filo del macadam me rompió la nariz, estropeada para siempre quedé y para colmo todo el mundo me vio, pero ella no y no le voy a dar el gusto a esa desgraciada, que ni piense en venir a mandar a mi casa, no señor, yo puedo sola, seguro que sí, y el Tito un pollerudo, la mujer lo maneja como quiere, porque yo sé muy bien que culpa de ella me quitaron la plata del plazo fijo que me hizo el Coco. Un préstamo, Vieja, para comprarnos la casa y te lo devuelvo enseguida, dijo el Tito, como si yo no supiera que la idea era de Adriana, incapaz el Tito de tocar un peso ajeno, tan bueno ese chico y justo le viene a tocar esa. Yo sabía que las cosas iban a ser así, lo supe apenas la vi el día que la trajo, Mamá, esta es mi mujer Adriana, y ella se arrimó para darme un beso y yo puse el brazo, le alargué la mano y me dio la de ella, un pescado parecía la mano, fría como los ojos que me miraban y yo le leía el pensamiento, qué le puedo sacar a esta, y casi me saca hasta la casa después de que se murió Pascual, que si no hubiera sido por el Coco no sé, en la calle me quedaba, porque yo con ella no iba a vivir, nunca jamás, la bronca que le dio cuando después del velorio el Coco le dijo al Tito que él le pagaba la parte pero que yo no me movía de ahí, y el Coco se volvió para el sur al día siguiente y al mes mandó el cheque, al escribano Di Rienzo, para que me arreglara bien las cosas. Cuentas claras doña Aída, es lo mejor, dijo el escribano, ahora la casa es solamente suya, entiende, solamente suya. Y cómo pedirle al Coco además para los revoques, si no contestaba nunca las cartas, ni el teléfono del Coco yo tenía, perdido como estaba en medio de la Patagonia... digo yo, ¿cómo le habrá avisado el Tito la muerte de Pascual? A lo mejor a la petrolera, claro, porque después del accidente del Coco la empresa lo llamó al Tito, así que sabían el número de ese teléfono que la engrupida lo obligó a poner apenas se instalaron en el pueblo, y se vino el Tito en medio de la siesta, se sentó en la cama grande del lado de Pascual y me dijo: Vieja, el Coco tuvo un accidente. Y por la cara yo no pregunté nada más, qué iba a preguntar si en la cara se veía la muerte del Coco, tan lejos... lo primero que pensé fue ponerlo en el panteón con Pascual, para tenerlos a los dos el Día de los Muertos y llevarles un ramo grande de margaritas dobles que siempre están listas para noviembre, de esas que planté al lado de la medianera, así no se ven los revoques caídos le dije a Pascual y qué le importaban a él los revoques caídos, las rajaduras de las paredes, tampoco le importarían mucho, digo, si estuviera, las costras que tengo en la cara, cómo lavarme estas costras si el agua está tan lejos, lo que es yo diciendo y haciendo, voy a llegar al aljibe aunque demore todo el día, total Adriana no puede reírse de mi cara porque dejé el pasador puesto, se creerá que va a entrar en mi cocina como si fuera de ella, para qué me iba a quedar en el sanatorio, para que me saquen plata no, si yo puedo arreglarme sola, bien que les dije al Tito y al mocoso ese del médico que insistía, doña Aída, las enfermeras le van a limpiar la sangre de la cara, aunque no le pueda arreglar la nariz, lástima que el tabique se rompió, veremos cómo queda, y además ese brazo enyesado le va a pesar, para colmo el derecho, mejor que haga reposo. Reposo me dice este mediquito, si lo conoceré, los estropicios que hacía en las plantas cada vez que el Tito lo traía a jugar, ahora se le ve en la cara la alegría porque al fin me agarró, tantas veces me decía en la calle, doña Aída, ya está mayorcita, venga a hacerse un chequeo, qué chequeo si yo jamás tuve ni un resfrío y ahora esta nariz rota, tan linda mi nariz, derechita, no como la de Adriana, se le veía la envidia en la mirada cuando el Tito le mostró mi foto de casamiento el día que la trajo a conocerme, yo de perfil con la media coronita y el tul tan transparente, y al lado la otra foto de Pascual joven, el bigote recortado resaltando los labios finos, y el Tito dijo ¿viste qué linda mi Mamá? Y ella torció los ojos para otro lado, sí, dijo bajito, y claro que yo estaba preciosa, el fotógrafo apenas si me había retocado los labios con un poco de carmín y se veía la piel como terciopelo, ni un punto negro, ni una mancha...cómo quema el aire, qué lejos el aljibe, a ver, otra vez, uno, dos, tres, y la rodilla se me dobla como si la pierna me jugara en contra, ¿qué pasa con mi rodilla?, si yo en la rodilla no tengo nada, si aguanto más que doña Irma en misa, no tengo que caerme, no, me salva la mano sana, y este yeso tan pesado me lleva al otro lado, si descanso un rato en el suelo capaz que después me levanto mejor, porque el codo también se me dobla solo como la pierna, Jesusito ayudame, ahora así, bien acostada, ay el gusto a tierra.....no, pasto no porque es cosa de ricos, dice Pascual, y el Coco insiste en que lo va a cortar él, que no es ningún gasto, pero Pascual le grita, mientras yo viva, en el patio no entran más que el níspero y el pomelo, y por qué no habré puesto césped después de que Pascual se murió, por qué, ahora estaría fresco, blandito, el verde me recibiría mejor que esta tierra reseca, si estuviera el Coco acá, pero así fueron las cosas, y el agua sigue lejos, tanto como me gustaría tomar agua fresca, del mismo balde tomaría, con la lengua lamiendo el agua recién sacada como si fuera un perro, con el agua barriendo esas costras que me martirizan la piel, la estiran, me la estropean para siempre. Despacio, ahora me apoyo en el brazo bueno, me siento, qué suerte que el banquito quedó cerca, uno, dos, tres, yo sabía que me iba a levantar, ahora que falta tan poco para llegar al aljibe, a lo mejor si lo arrastro al banquito es mejor, uno, dos, tres, ya casi llegué, acomodo bien el banquito, lo apoyo contra el aljibe. Menos mal que me avivé de traerlo porque sino cómo hago para subirme, con este sol que marea, respiro hondo por la boca el aire caliente...pero primero me saco los anteojos y los guardo en el bolsillo del batón, tengo que aguantar un poco más, cómo levantar las tapas, pesadas las tapas, puro hierro.... en el segundo escalón engancho la argolla, vamos Aída, fuerza con la mano sana, total los dedos del yeso sostienen el banquito, fuerza Aída, yo sabía que iba a poder y pude, y ahora largo el balde hasta el fondo, despacito para no remover el agua, poco a poco levanto la soga. El balde se acerca, levanto, más arriba, hasta que sostengo la soga con los dedos del yeso y con la mano buena agarro la manija del balde, lo apoyo, meto la lengua en el agua, trago y trago, hundo la cara entera, ay, la frescura entra, el agua me limpia las costras, la sangre, la nariz ya no duele, saco y entro la cara en el agua una, dos, tres veces... Ahora sí. Subo los dos escalones que me faltan, ya parada en el brocal agarro el rulo de hierro con la mano para sostenerme bien, menos mal que está el rulo de hierro. Miro el fondo del pozo: ya es mediodía, un pequeño reflejo del sol allá abajo, en medio de la oscuridad, me dice que el agua está lejos. Pero es toda el agua que yo necesito para disolver mis costras, para terminar de una vez por todas con ese revoque inmundo, y que la infeliz se quede con las ganas de verme la cara hinchada. Estoy lista. Bajo despacio la cabeza, suelto el hierro y voy inclinándome mientras quiebro la cintura. Ahora sí, hacia la fresca oscuridad.
CONTRATAPA de "Vidas de mentira" Son cuentos no demasiado extensos, no excesivamente discursivos sino lujosos. Un lujo que se va diluyendo en los bordes hasta alcanzar la desdicha de quien (el personaje) ha estado hablando al parecer de alguna otra cosa y que de pronto toca la herida de un recuerdo, el punto crítico de un proyecto propio o ajeno, ese proyecto que va a terminar por poner frente a él o a ella la cara amarga del infortunio, un hombre por el otro, una ausencia imposible de ocultar, el cansancio de una vida que no cesa y a la que con ningún gesto (salvo el de la sombra) se puede detener. Pero eso, el borde deshilachado de la experiencia que se pensó como otra, oculta sin disminuir, cáscara que a veces se resquebraja para quien lee, el núcleo suntuoso de este conjunto de cuentos asentados sobre un lenguaje necesario y cuidado, a la vez que habla sobre desamores, memorias inútiles, pequeñas y grandes penas de las gentes que se mueven en los escenarios de todos los días y sienten el filo de la verdadera cara de la vida puesta en palabras. Angélica GorodischerSOLAPA de "Vidas de Mentira" Lilia Lardone nació en 1941 en la ciudad de Córdoba, en donde vive. Publicó obras para niños y jóvenes (una de ellas, Caballero Negro, le valió el Premio Grupo Editorial Norma/Fundalectura en 1999, en Bogotá, Colombia), el ensayo Poesía & Infancia, y la novela Puertas Adentro. El cuento Ni qué decirle que integra este volumen, obtuvo el primer premio en el concurso organizado por la Agrupación Carmen Gándara de Capital Federal en 1997. El jurado estaba integrado por Juan José Hernández, Jorge Cruz y Fernando Sorrentino.
Lardone, Lilia. Vidas de mentira. Alción Editora, Córdoba, 2003.-
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