El uno degenera
en dos degenera en tres.
Luz marina que retrocede:
la tierra puede esperar
el viento puede esperar
el silencio, las palabras, pueden esperar.
Pero se yergue la carne como una caña
y el aire ahueca los tímidos pulmones.
Ni principio ni fin:
sólo una nieve negra
adherida a la superficie de las cosas.
Luz íntima,
marina,
entre grandes bloques de secreto;
la tierra no puede esperar:
alarga las ubres y engorda su alimento;
el viento no puede esperar:
sopla sobre el fuego y construye su ceniza;
el silencio y las palabras no pueden esperar.
Ungido con nueve gotas de sangre
regresa a la felicidad de las familias.
Ni principio ni fin.
Un hilo de agua trepa por la ola
y vuelve a sumergirse
en el vientre crudo del océano.
Penumbra
Los pequeños
dedos tratan
de aferrarse a algo inmóvil,
pero aquí, oscuramente lo sabemos,
aquí el cerezo se pudre y flota
sobre un río de agua silenciosa.
El trabajo de
las manos: inútil.
Sólo la carne se resiste
abrazándose a los huesos tercamente.
Ni tristeza ni
desesperación
turban ya el cuerpo que se ahueca.
Sólo algunas noches
un llanto callado tantea la cara
y se abre paso como un ciego
a través de la íntima penumbra.
Lejos de los lagos
Sentado frente
al lago
miro mi remera
cubierta de tábanos;
cuelga de una caña
clavada en la playa.
La tela que durante
días
me cubrió,
a la que el tiempo dio
la tímida forma de mi cuerpo, esa
tela
que un viento tibio mueve
es casi mi cuerpo.
Pero ahora
la caña se dobla,
y yo, a unos pasos,
permanezco inmóvil;
lejos de los lagos
cubierto de otros insectos y
peor con los años.